EL ABORTO Y LA CULTURA DEL EGOÍSMO

“la vida no es un valor absoluto” – Fulvio Rossi. (Radio ADN, 25-05-14)

Luego de la decisión que la Cámara de Diputados tomó este jueves con respecto al aborto, inicio esta reflexión con los dichos de un senador de nuestra nación, cuyas palabras me dejaron perplejo mientras escuchaba en una radio que la vida no era un valor absoluto para él. 

Lo cierto es que el tipo de subjetividad de Rossi es el que en determinados momentos justifica  las más altas atrocidades humanas, dependiendo de quién esté en el poder. Por eso me permito decir ¡no señor Rossi, hay valores que no son relativos!, no olvide el Art. 3 de la carta de DD.HH: “Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.”

Al conocer la realidad de la salud materna en Chile y lo ilógico de algunas de las perspectivas que defienden el aborto, queda claro que la agenda finalmente es otra, se circunscribe a una ideología que está usando lo “terapéutico” como punta de lanza para un debate mayor: el derecho reproductivo de la mujer con la posibilidad de tomar decisiones más allá de su cuerpo, alcanzando al niño que está por nacer. 

Esto no es nada oculto, políticos de larga trayectoria han dado a conocer sin tapujos sus reales posturas valóricas desde hace ya mucho tiempo. Gido Girardi, otro honorable de nuestro Senado, señaló a la Tercera el 26 de mayo de 2014 “Hoy estamos discutiendo el aborto terapéutico con tres causales. Pero yo sí soy partidario de que las mujeres puedan decidir sobre el aborto, como en gran parte del mundo”.  El jueves este tipo de afirmación resonaron en la sala como fundamento ideológico para aprobar la ley, expresiones como “la mujer es un ser humano con pleno derecho a ejercer la libertad según lo indique su conciencia", dichas por el diputado PC Hugo Gutiérrez lo confirman.

Sobre el tópico podemos concordar que la reproducción no se puede imponer, es una decisión libre de con quién, cuándo, en qué contexto, etc., se desea tener o no un hijo, más allá de concordar también que una violación constituye una vulneración grave a dicho derecho. Pero esta libertad o derecho posee un límite que no puede transarse: la vida humana, la del niño que está por nacer, aquel que no posee ni voz, ni voto, pero que es tan humano como usted o como yo.  

El problema se circunscribe al momento histórico que vivimos y al tipo de personas que forjó nuestra sociedad. La postmodernidad trajo consigo una fractura del hombre en comunidad, una fragmentación de lo social, del ser humano relacionado con el otro de forma real, exacerbando un individualismo que es fomentado por el concepto de bienestar relacionado solo con “mi propia vida” y “mis aspiraciones”. Se trata de un materialismo que excluyó de la vida lo trascendente, para volvernos al inmanentismo de lo cotidiano y la perfecta individualidad, reflejado perfectamente en lo que conocemos como la sociedad de consumo y cuyo principio es el hedonismo, únicas formas de goce de la vida para ya muchos conciudadanos.

El niño que está por nacer entonces es valorado en cuanto a lo que contribuye a mis aspiraciones y mi placer, es un producto en el mercado de la vida que puede ser adquirido para cumplir mi deseo de paternidad, o por el contrario, puede ser desechado cuando se interpone en mis planes o reconozco que no será lo que esperaba debido a una enfermedad. Hemos convertido así al propio ser humano en un mero objeto de mercado, apropiado y desechado a nuestro antojo. 

Quienes postulan su apoyo a estas ideologías basan su rechazo a la vida en consideración de un sujeto que no ven, por lo tanto el niño no nacido se transforma en una especie de entelequia inmaterial ignorando así el proceso ontogénico humano, esto porque no han sabido apreciar la vida en sus diferentes expresiones y etapas.

Al parecer, el gobierno desea seguir fomentando este camino humano, apoyando  la más completa individualidad del ser, el egoísmo humano llevado a sus más altos estándares donde “mi vida” es tan importante que importa nada la existencia de otro más desvalido que yo. Es el triunfo de las palabras de Nietzche llevadas a su máxima realización: “Los débiles y malogrados deben perecer; tal es el axioma capital de nuestro amor al hombre. Y hasta se les debe ayudar a perecer.”

Finalmente sabemos que este proyecto “restrictivo” es solo la punta de lanza para adormecer conciencias y avanzar en una despenalización total del aborto. ¿Es esta la sociedad que queremos? Hay muchos que nos oponemos a este camino, que valoramos la vida y que creemos en la lucha por los “débiles y malogrados”, y no sólo a quienes podemos encontrarnos en la calle, sino también a aquellos hombres y mujeres anónimos que silenciosamente transitan la primera etapa de su ciclo de desarrollo en las profundidades de su madre.

 

Ronald Bahamondes S.

Periodista - Magister en Ciencias Sociales